Marcahuasi
Me encontraba en el Perú
meridional, en Lima su capital, donde se concentra el 30% de la población del país,
ciudad de profundos contrastes, un exuberante mar violentamente azul y un estéril desierto asfixiante, acompañados
por una bruma gris que recubre esta particular metrópoli la mayor parte del año;
asombrado, pasaba por los suntuosos jardines de Miraflores y la zonas
deprimidas donde no hay agua potable, desconcertado, observaba como la clase
alta, moral y racista, conserva ciertas costumbres del medioevo creyéndose de
sangre noble, entre una mayoría indígena, descendientes de forajidos y bandidos.
Era de noche y para llegar a mi
meta faltaban aproximadamente 4 horas de camino, el frío era cortante y en lo
alto la luna cubría de plata las cumbres rocosas; sin vacilar pedí indicaciones
de cómo llegar, un hombre mayor de mirada profunda y actitud juvenil me ayudo y
en una hoja de papel dibujo un pequeño croquis el cual me debería conducir a la
misteriosa meseta de Marcahuasi.
Un pequeño sendero zigzagueante me guiaba
entre la misteriosa noche, mucho había oído de este lugar, y con profunda
intriga y respeto me internaba en un reino mágico de gigantes de roca y espejos
de agua. El padre de un gran amigo mío, importante consejero de viaje, fue
quien me conto las más increíbles historias sobre este lugar, cuando en la
década de los ochenta mientras viajaba por Latinoamérica; y en el Perú,
Marcahuasi era ese lugar fantástico y subreal que visito en luna llena acompañado
por unos compatriotas italianos y otro asiático, caminaban nocturnos con el prisma
luminoso del cactus del San Pedro.
Fue a la 1:00 am, cuando llegue a
la parte central de la meseta de Marcahuasi, casi 4.000 msnm y la temperatura
por los 0 centígrados, me encontraba en un lugar llamado el anfiteatro, una planada
un poco más grande que un campo de futbol, rodeado por grandes columnas y
paredes de roca volcánica, la fuerte erosión
producida por los siglos, le otorgaba increíbles formas orgánicas, esta barrera
natural me protegía del fuerte viento que llegaba directo del mar, coqueteo
lunar, sombras, miradas, susurros, ecos, toda una sinfonía mística, donde la
fantasía parece reinar, pues el aire, está cargado de eternidad.
Al día siguiente la pase sentado
sobre un pico de roca con el abanico pleno del horizonte en expansión, esa
línea infinita del pacifico insondable, en profundo silencio sentí una gran paz
y remoción en mis adentros, hay cosas que no es posible describir, hay palabras
que lo intentan, pero muchas veces ni nosotros mismos somos totalmente conscientes
de los sucesos, en ocasiones solo sabemos que algo paso, una energía irradio
nuestro cuerpo y dejo una sensación de profunda inmensidad, o por lo menos esa
fue mi vivencia.
Con los últimos rayos de sol, partí
hacia la parte suroriental de la meseta, una vez más caminaba de noche, hacia
un lugar desconocido para mí llamado el castillo Dorre, un particular montículo
de roca con los vestigios de una ciudad antigua cubiertas por la vegetación, y
en su cima, un imponente observatorio con muros y escaleras de roca desde donde
se tenía una perspectiva única de todo el territorio.
No fue casualidad que estuviera
allí en pena luna llena, el espectáculo de sombras y siluetas, caras de hombres
y animales, figuras de roca completadas por sombras alargadas, que cambiaban de
acuerdo a la posición de la luna, una atmosfera mística que circulaba por torrentes que se
arremolinaban en los estanques de agua, pequeñas presas construidas por los
habitantes preincaicos de esta meseta. Noche infinita de miles de estrellas y
un zorro de ojos encendidos me miraba entre los matorrales, sentí a un hombre
viejo y sabio, quizá el espíritu de algún Masma antiguo.
Mi encuentro con estas ruinas fue
todo un despertar, la pausa que antecede a la acción, pues no me interesaba
caminar al lado de un guía bilingüe o con una enciclopedia que me narrara lo
que otros habían escrito sobre este lugar, mi encuentro era de contemplación infinita, de paz, silencio,
soledad, de profunda reflexión y a su vez activación total de los sentidos; ya
en el mundo de la informática me enteraría de quienes eran y que significaba
para ellos este lugar sagrado en el cual me encontraba.
Para mi última noche en el
markahuasi, decidí caminar hacia la parte noroccidental de la meseta, donde se encontraba
otro increíble complejo de ruinas y unas enigmáticas estructuras llamadas
Chulpas; en este lugar se hallaba un pequeño refugio, en otros tiempos hogar
del profesor Daniel Ruzo, el más acérrimo investigador Peruano de estos vestigios arqueológicos
y su cultura, realmente me sorprendieron sus teorías, pues en ellas asegura que
la cultura Masma, como la definió, era una cultura supremamente antigua,
incluso anterior a los Egipcios, descendientes directos de los Atlantes y que
sobrevivieron al gran diluvio y por esta razón, se asentaron en lo alto de esta
meseta.
Para Daniel Ruzo, este era un lugar
energético de increíble poder, pues se encontraba sobre rocas volcánicas con
alto contenido de cuarzo y bajo la superficie circulan corrientes de agua que daban paso a cavernas y a una ciudad subterránea,
pues como su nombre lo indica, Marcahuasi en quechua significa, casa de dos
pisos o altillo; Ruzo aseguraba que todas las monumentales esculturas fueron
cuidadosamente talladas por esta cultura, retratando a los animales, personas y
símbolos que sobrevivieron al diluvio. ¿Realidad o fantasía?, cada quien llega
hasta donde sus principios se lo permiten, pero la verdad es que los estudios
del profesor Ruzo son los más serios y
consistentes trabajos sobre esta enigmática civilización antigua en la mesta
del Marcahuasi.



























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